de eso estoy segura.
Afuera se desencadenaba una tormenta
y el grillo saltó desde el exterior
hacia el interior
en busca de un refugio.
Aunque si pienso
dudo,
porque podría
haber estado
en el patio trasero.
Definitivamente no estoy tan segura,
ahora,
como al principio,
de qué
el grillo
haya entrado por la ventana.
Una vez que
había entrado uno
a mi casa
nunca supe por donde lo hizo.
Su canto inundaba
todas las noches
los sonidos de la pieza.
Lo maté
(no sin antes, intentar y fracasar, conducirlo al exterior)
a los dos días, entro otro
a los días
otro
y así, unos cuantos días mas.
Pensé en resurrección.
Pensé en familias de grillos invadiéndome.
Pensé que entraban cuando yo no estaba,
y que lo hacían por la ventana.
Pensé en Googlearlo,
y tarde unos días
pero luego lo hice.
Me informe sobre ellos:
cantan para atraer a la hembra;
en muchas culturas es considerado como Totem,
y traen, cuando aparecen, suerte.
Hacen su aparición
para traer suerte.
Eso me encontró sorprendida.
Imaginé
que por haber matado
unos cuatro o cinco grillos
la cantidad de suerte proporcional
para ese año me
disminuyo,
en relación a la media anual de suerte
para las personas que ven y
no matan.
Creo que,
y esto no lo dice en Google,
cambia
si
el grillo
entra
a que, el grillo
conviva
en
la misma casa.
Lo cual,
hace sustancial
la diferencia
entre
el grillo
de la casa,
al grillo
del afuera.
Aunque invente
teorías
la muerte
de esos
grillos
cuando lo escribo
me pesan.
Ya no
mataría
grillos
aunque hipócrita
coma carne muerta,
y use fly.
Y aunque, matar
me ahorre
la dosis
de
fly
diaria
Y me entrene
para cuando
tenga que
matar
yo
misma
la rata
Canallada de creer en la suerte,
pero a veces no,
en el destino
en la historia.
«No estoy escribiendo para ningún
lector, ni siquiera para leerme yo.
Escribo para escribirme yo; es un
acto de autoconstrucción. Aquí me
estoy recuperando, aquí estoy
luchando por rescatar pedazos de
mí mismo que han quedado
adheridos a mesas de operación, a
ciertas mujeres, a ciertas ciudades,
a las descascaradas y macilentas
paredes de mi apartamento
montevideano, que ya no volveré a
ver, a ciertos paisajes, a ciertas
presencias. Sí, lo voy a hacer. Lo
voy a lograr. No me fastidien con el
estilo ni con la estructura: esto no
es
una
novela
,
carajo. Me
estoy
jugando la
vida
».
-Mario Levrero. Diario de un canalla.-
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